Sigo con mi “ramillete” de post en torno a la lectura de “El pequeño libro de Japón”. La idea de esta serie de post es mostrar de manera práctica —y espero que amena— mi teoría de que todo libro encierra muchas lecturas, varias líneas de pensamiento e ilustrar el pensamiento arborescente con un ejemplo.
La visión estereotipada de Japón que ofrecen los cromos o ilustraciones del libro me hizo recordar las estampas de ese tipo sobre España, el tipo de tarjetas antiguas que puedes encontrarte un domingo en la Plaza mayor o en el Rastro (con o sin café con leche, en una terraza, y con inglés macarrónico).
Siempre nos chirría más la visión encorsetada que se da de nosotros que la que se nos ofrece del otro, por eso cuando quise ponderar si realmente la decisión del editor de “El pequeño libro de Japón” de incluir 79 estampas antiguas era un error o no me puse a pensar en si me parecía razonable que en un libro del siglo XXI sobre España cada entrada sobre un rasgo importante de nuestro país fuera acompañado de la estampa de un bandolero, un torero o una maja.
Rápidamente pensé en Curro Jiménez (la serie de Radiotelevisión española) y en lo aprendido sobre literatura romántica y las revoluciones nacionalistas del siglo XIX, las clases de literatura y de historia, del instituto y la carrera, vaya.
Aquí empecé a dudar de la precisión de mis recuerdos porque llevaba mucho tiempo sin leer nada sobre eso y soy consciente de que a veces mezclo conceptos (es importante ser consciente de lo que no sabes), así que antes de seguir desarrollando mi discurso mental consulté la IA de Google (a saber dónde andarán mis libros de historia de la literatura en mi extensa biblioteca).
Así, leí que “en la literatura de la época del romanticismo europeo se puso de moda una visión romántica precisamente de algunos pueblos y culturas considerados como más auténticos por estar más conectados a sus emociones”. Y que “la invención del concepto de España por el Romanticismo europeo fue un proceso cultural donde viajeros y escritores crearon un mito exótico basado en la pasión, el pasado medieval y el espíritu caballeresco. Los pilares de esta visión fueron la idealización del Siglo de Oro, la estilización de lo oriental y el carácter rebelde de sus gentes” (hablando de discursos estereotipados hay que ver lo enlatada que resulta esta jerga de la IA, ¿no te parece?). A continuación se desarrollaban con mayor detalle estas ideas:
Claves del mito romántico
- El país de la aventura: los autores vieron la península como un museo vivo de pasiones extremas, toros, bandoleros y libertad.
- El eco oriental y medieval: se exaltó la mezcla de las culturas cristiana y musulmana como un atractivo exótico único en Occidente.
- Mitos literarios: figuras como Don Quijote y Don Juan se convirtieron en el símbolo del alma nacional española para el resto de Europa.
Consecuencias en la cultura
- Mirada exterior: Viajeros franceses e ingleses fijaron clichés que aún hoy persiguen la imagen del país.
- Retorno interior: Los propios intelectuales españoles asumieron en parte esta visión externa para reconstruir su propia identidad nacional.
De esta parte, confieso que lo que más me interesó fue la reacción de los intelectuales españoles a esa “deformación” o reinvención de lo español por parte de los extranjeros.
Esta reacción de los autores españoles al mito romántico —me sigue explicando la ÍA— no fue homogénea: se debatió en un tenso equilibrio entre la indignación por el estereotipo bárbaro y el orgullo por la atención recibida. Pienso que esto nos pasa a menudo en la vida, nos molesta que nos etiqueten pero nos halaga que nos miren con mucho interés. Intuyo que a los japoneses les puede haber ocurrido algo parecido con este auge del “japonismo” que estamos viviendo en las últimas décadas: rechazo intenso al estereotipo y cierto orgullo por haberse vuelto tan interesantes para Occidente. Ajena a mi pensamiento arborescente y mis digresiones, la IA prosigue explicando que los autores locales (españoles) se vieron obligados a dialogar con una identidad nacional que ya no controlaban, y que adoptaron tres posturas principales:
- El rechazo indignado y la sátira del «turista» (Larra)
- La apropiación del mito o nacionalismo defensivo (Zorrilla y Bécquer)
- El costumbrismo como escudo de la realidad (Mesonero Romanos)
Aunque tropezar con esta visión tan simplificada y esquematizada de las cosas de la inteligencia artificial me chirrió un poco (es prosa Reader Digest o un texto de Wikipedia pasado por Twitter, se me ocurre), me resultó interesante ver definidas con claridad estas tres estrategias de reacción y preguntarme qué habría hecho yo de vivir ese momento como escritora 🤔.
Es una hipótesis demasiado hipotética incluso para mí, pero lo que sí puedo decir es que la Elena Alemany nacida a finales del siglo XX en España es (soy) del team Larra y bastante alérgica al costumbrismo en literatura, por si a alguien le interesa saberlo. La apropiación del mito en algunas secciones me parece una buena idea, como reza el dicho de “si no puedes con tu enemigo únete a él” (modificando un poco las cosas, eso sí), esto ha pasado mucho con las minorías sociales, de género y raciales, te apropias de la palabra que te arrojan como insulto y la conviertes en algo positivo para ti.