Perfeccionismo frente a excelencia

Un lugar común en las entrevistas de trabajo es la pregunta de “cuéntame un defecto que tengas”. Una de las salidas para el candidato que se han considerado seguras consistía en “confesar” que eres un poco perfeccionista, en la creencia de que el reclutador quedaría satisfecho por tu sinceridad y al mismo tiempo pensaría que eres una persona responsable, fiable, y en definitiva, contratable.

Sin embargo, el perfeccionismo es en gran medida un rasgo no adaptativo, poco funcional. Desde luego puede traer por la calle de la amargura al que lo padece y minar su energía, pero también puede tener efectos negativos en su entorno. Ahora veremos por qué, pero antes deja que te presente algunos tipos de perfeccionistas. 

Perfeccionista es el amante obsesivo de los detalles que detecta en un sistema eléctrico un fallo que puede desencadenar un accidente y lo previene (esta sería una versión funcional y adaptativa). También es perfeccionista el que genera un cuello de botella considerable en un departamento porque tiene varios informes parados por haber detectado en ellos faltas de ortografía, errores de maquetación o de redacción o incluso porque el nombre del archivo no corresponde a la nomenclatura normalizada ISO 333. O incluso porque no le han llegado por la vía preceptiva: había que meterlos en una Excel, había que subirlos a la plataforma pero, vaya por dios, se los han pasado por correo… 

Placa con circuito eléctrico
Foto de Dexmac en Pixabay

Imaginemos, por ejemplo, que uno de esos informes paralizados es el que advertía del error del sistema eléctrico pero el responsable de tramitarlo no lo procesó a tiempo porque era un perfeccionista de la edición de documentos escritos y se produjo un incendio evitable…

Hay otra tipología de persona perfeccionista muy relevante: la que posterga empezar tareas importantes porque las encuentra difíciles y está demasiado temerosa de cometer errores que le pongan en evidencia ante los otros y ante sí misma. En el fondo, todo perfeccionista está convencido de que está incompleto o es inadecuado y se esfuerza todo el tiempo en suplirlo (o de taparlo) con su esfuerzo.


Autopercepción de un perfeccionista
(Imagen: Ryan McGuire – Pixabay)

Aquí está el nudo gordiano. La chicha del asunto. El perfeccionista cree que la única manera de ser aceptado y querido es dejarse la piel en todas las tareas que emprende. Porque supone que si no da siempre el máximo, el resultado no será perfecto y sus jefes, compañeros, su familia y amigos llegarán a la conclusión de que no vale y dejarán de quererle. El perfeccionista piensa que su valor como persona depende de sus resultados, de cada uno de ellos, por eso está en tensión todo el tiempo tratando de que su disfraz de persona competente y valiosa no se rasgue ni se mueva de su sitio.

Expresada así parece una forma de conducta bastante absurda, ¿verdad? Ocurre, sin embargo, que el perfeccionista medio no suele ser consciente de ello. Para llegar a esta conclusión y aceptar que es su caso tendría que hacer un intenso ejercicio de introspección y humildad y está demasiado ocupado tratando de dar el 200% en cada tarea y ajustarse a una imagen mental imposible.

Cómo superar el patrón mental del perfeccionismo

Llegados aquí, ¿qué podemos hacer? ¿Cuál es la solución?

Una buena opción es pasar de perseguir la perfección a buscar la excelencia. La excelencia se basa en la mejora continua en términos de calidad, eficacia y eficiencia y sobre todo desvincula tus resultados de tu valía personal. Trabajar bien es lo deseable. Ser autoexigente está bien, pero es importante entender que tu valor como ser humano no depende de tus resultados. Además, los resultados de lo que haces no dependen enteramente de ti (y eso está bien… se llama vida), pesa mucho el entorno, la organización en la que trabajas o vives y las características y las expectativas de las personas que te rodean. Por no mencionar que los resultados los tiene que percibir alguien, todo es subjetivo y varía en el tiempo. 

Guijarros excelentes (están contentos de ser quienes son y tratan de mejorar)
(Imagen de Wokandapix – Pixabay)

La idea principal para hacer esta transición hacia la excelencia es que no necesitas ningún “disfraz” (el tipo de la foto de más arriba puede quitarse la peluca y comerse el plátano ;-), ya eres suficiente, no hay nada intrínsecamente erróneo en ti. Sin embargo, tu forma de hacer las cosas, tus procesos, se pueden mejorar para ir consiguiendo progresivamente resultados de mayor calidad o más eficientes (es decir, avanzar hacia la excelencia), pero la percepción de tu valor como persona no entra en la ecuación (son amores distintos, como diría Gila). A nivel personal tu prioridad debe ser buscar la coherencia entre tus valores, tus principios y tus acciones, no encajar en un estándar de exigencia absurda e irrealizable.

El paso del perfeccionismo a la búsqueda de la excelencia precisará de un trabajo interno, personal, dirigido a trabajar una nueva forma de autoestima que vaya más a la esencia y menos a los resultados externos y a las expectativas ajenas.

Conclusión

En resumen, y utilizando un símil:

  • La persona perfeccionista cree que es un cuadrado y que para ser adecuado y querido necesita ser un triángulo, así que todos sus esfuerzos se dirigen a convertirse en un triángulo o a simular que lo es.
  • La persona que persigue la excelencia sabe que es un cuadrado, está contenta de serlo, y trata de ser el mejor cuadrado posible.

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6 comentarios en “Perfeccionismo frente a excelencia

  1. Qué necesario este recordatorio: buscar la excelencia con autenticidad es mucho más sano y sostenible que perseguir una perfección irreal e inalcanzable. Mejor hecho que perfecto!

  2. sí, Mireia. Y sobre todo entender que tu valor como persona no depende del resultado.
    ¡Gracias por leer!

  3. Todo empieza y termina en uno mismo, nuestro autoconcepto nos limita o nos expande. No hay más.
    La excelencia la implantaría como asignatura obligatoria en la enseñanza!!

    1. Totalmente de acuerdo, Sandra. El autoconcepto es esencial y a partir de ahí ya toca ponerse en marcha y «remangarse» e ir mejorando lo que queramos mejorar. Y sí, la enseñanza debería integrar la excelencia de verdad.

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