My taylor is rich. A pesar de ser rico usa siempre la misma cinta. Durante años. Amarilla por un lado, blanca por el otro y cada lado lleva impresa la leyenda de «Medida para sastre», tratando de prever alguna crisis de identidad de la cinta o del propio sastre: Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Somos sastres… y modistas, supongo (o sastres y modistes, quizá). De dónde venimos, del mono. A dónde vamos: a tomar medidas a un cliente…

Mi sastre es rico y tiene mucha imaginación. A veces mira su cinta de medir y piensa en la cinta de Moebius. Una cinta infinita de una sola cara. No termina de entender el concepto (ha visto en bucle un vídeo en Instagram que lo explica y ha pensado que qué buena metáfora verlo en bucle) pero se lo imagina.
Mi sastre piensa en sí mismo como en un cuerpo-mensor, la palabra no existe, él es consciente, pero sostiene que si existe el término “agrimensor” por qué no el de «cuerpomensor». Lo que más le gusta a él es medir “de cabeza”. Observa personas y animales y trata de adivinar medidas y proporciones. Sostiene que las proporciones lo son todo. “Ocurre como con el color” —explica a cualquiera que haya abierto el libro de inglés por alguna de las páginas en las que se le cita— “los colores se perciben en función de las tonalidades que tienen cerca. Influye el contraste de las zonas cercanas, además de la iluminación. Con las medidas del cuerpo pasa igual, con la salvedad de que una cintura que gira, un pecho que sube y baja con la respiración nunca es igual a sí mismo. Varía continuamente.
Desde luego que varía. Abrí el libro de inglés con muchas ganas pero ahora, tras tanta reflexión sobre cuerpos y cintas de Moebius, estoy cansada.
Me despido mentalmente de mi sastre rico atrapado entre hojas de papel y regreso a mi mundo en tres dimensiones.
© Elena Alemany 2026