El mundo contemporáneo, en el que nada más abrir un dispositivo nos bombardean a información y a estímulos reina lo que se conoce como la economía de la atención. El bien escaso para las empresas y los emisores de mensajes es la atención del ciudadano, por la simple razón de que si no atienden a tu mensaje no les puedes vender.
Esto en un plano macro, amplio. En el plano personal, la atención es eso que nos puede permitir comunicarnos con los demás de una manera más clara y más profunda, entenderles y hacernos entender y por supuesto aprender cualquier materia o disciplina.
¿Qué pasaría si “afiláramos” la herramienta principal de nuestro cerebro, si aprendiéramos a leer situaciones desde distintos planos o capas? Y ¿si, a base de aplicar y mejorar esta práctica, aprendiéramos a leernos a nosotros mismos mientras leemos el mundo?
Estas preguntas nos las lanzó Dani Marín en una sesión de Deep Talkers, una formación sobre comunicación persuasiva desde lo profundo.
El símil que él utilizó para esta parte de leernos a nosotros mismos fue “ser jinete de tu propio caballo”, entendiendo que el caballo sería la mente y el jinete la conciencia, concebida como metacognición.
Como el movimiento se demuestra andando, me he puesto a probar este asunto de las capas de atención y la posibilidad de desplazarte entre ellas. Aunque debo confesar que he sido consciente de lo que hacía a posteriori, como explicaré más adelante. Conozcamos el primer “experimento”.

Caso 1
Estoy viendo Instagram desde el móvil, en el sofá, por la tarde, después de comer, en modo semisiesta. Me sale un vídeo de una cuenta que no sigo llamada La Grande Librairie, pero que se parece a otras que sigo, así que lo veo como quien ojea un libro para saber si merece que siga leyendo o mejor lo “cierro”, es decir, hago scroll hacia el siguiente vídeo.
Con este ánimo empiezo a ver a una niña francesa en un concurso que al parecer se llama “Si on lisait à voix haute” (si leyéramos en voz alta). Lee un poema titulado “Liberté” en un plató de televisión, tan tranquila, delante de bastante gente pero sobre todo ante un señor octogenario que sonríe con los ojos pequeñitos.
En el momento no soy consciente de ello, me daré cuenta al terminar de verlo, pero sucede que de las muchas formas que podía haber usado para aproximarme a ese vídeo de Instagram he elegido un enfoque que -a falta de un vocabulario mejor- definiré como humano-emocional-francófilo.
Para que se pueda entender este asunto de la atención por niveles es preciso un poco de contexto. Yo escribo narrativa, soy autora de un manual de literatura (“Del existencialismo al best seller, Introducción a la literatura y el teatro contemporáneos”) y me he dedicado a la crítica literaria y a la edición de textos. Además, tengo un nivel alto de francés y acudo a clase presencial cada semana.
Es importante mencionarlo porque la percepción de cada quien está determinada por su conocimiento previo, sus expectativas, intereses e inercias. Tu formación, tu profesión, tus aficiones, en definitiva, tu contexto serían como las distintas herramientas de una caja en la que tienes un taladro, un martillo y una llave inglesa.
Cuando uno se pone a percibir lo que tiene en frente, dispone de esa caja de herramientas con los instrumentos que ha ido acumulando a lo largo de los años. Y así, en mi caja de herramientas ahora mismo hay una gran “baguette” y una pluma para escribir y un gran lápiz rojo de editora-crítica.
Las probabilidades de haber observado este vídeo centrándome en el contenido, el mensaje del poema y su calidad literaria eran muy altas. También eran muy altas las probabilidades de priorizar la comprensión oral de los versos y utilizar el vídeo como un repaso de gramática y vocabulario. Cabía, incluso, otra tercera vía: dejarme arrastrar demasiado por la musicalidad del idioma francés que aprendí de pequeña y me transporta a una especie de felicidad infantil en el mejor sentido de la palabra. (En la caja de herramientas había también un biberón, por lo que se ve 😉
Por algún motivo, esa tarde en cuestión, no cogí el lápiz rojo de crítica literaria ni de alumna de francés perfeccionista, sino que simplemente me dejé llevar por mis impresiones, sin tratar de entender todas las palabras del poema que lee la niña y evitando sentirme mal porque quizá debería recordar mejor la figura y la obra de Paul Éluard, autor de este poema. En otras palabras, de entre todas las herramientas de mi caja recurrí al biberón, a ese disfrute sin más y también a la “baguette”. Así, lo que veo es lo siguiente:
La chica lee. Nariz chata, pelo lacio castaño, un poco dentona… se parece bastante a mí de pequeña. El poema es sencillo. Versos enunciativos, bastante planos en su entonación. Ella los lee despacio, segura de sí misma, mirando lo mínimo el libro. Marca mucho la última frase que es la que se repite: J’écris ton nom (“escribo tu nombre”).
En alguna de las repeticiones se cuela la alumna de francés y pienso en esa s final muda del verbo en primera persona pero que hay que consignar por escrito. Tomo nota mentalmente, pero en seguida regreso al vídeo. La chica sigue leyendo, segura, y tranquila, dueña de la situación. Hay algunos cambios de plano. Vemos a una mujer de unos cuarenta, morena, guapa escuchando con atención y deduzco que puede ser la madre. Hay un señor mayor, escuchando conmovido, la cara sensible y los ojos achinados, a quien imagino ser el autor del poema (luego sabré que me he equivocado). Primer plano de un señor de mediana edad también conmovido y muy atento. Planos generales de un plató amplio. Me asombra el silencio y el respeto mientras una niña recita un poema lentamente como si estuviera tranquilamente en su casa…
La niña prosigue, lee, pasa las páginas despacio, como regodeándose en la oportunidad de que el mundo se pare para escucharla, para escuchar ¿a Éluard, era Éluard?, saboreando ese placer de haber captado la atención de millones de personas y de sentirse capaz de mantenerles ahí, compartiendo esos sabores y esos aromas que salen de su boca y de sus ojos contentos…
Y si cuento esto es para compartir un ejemplo claro de este asunto de la atención por niveles o atención milhojas como la he bautizado yo (aunque seguramente debería decir millefeuilles ;-). Los niveles de atención que aplicamos a lo que percibimos determinan en gran medida las impresiones que nos llevamos del mundo.
En este caso yo apliqué un enfoque genérico, global, sin detenerme demasiado en los versos, me empapé del ambiente, de los rostros de los espectadores y de la impresión general del poema. Y salí de la experiencia contenta, sin reprocharme no haber entendido tales y tales palabras o no haber recordado los títulos de los libros de Éluard y sin críticas al poema de Éluard que en otras circunstancias podría no haberme gustado.
El resultado hubiera sido muy distinto si hubiera afrontado el vídeo desde otras prioridades, sosteniendo otras herramientas de mi caja. Me habría quedado con un sabor de boca muy distinto, de satisfacción o insatisfacción con mi nivel de francés o con mis conocimientos literarios.
Lo curioso es que me di cuenta de todo esto cuando al terminar de verlo se me pasó por la cabeza la idea de compartir el enlace con mis compañeros de clase de francés. Pensé que no iba a poner el enlace a palo seco, sino que pondría una pequeña intro. “Aquí os dejo…”. Aquí os dejo, ¿qué? ¿Cómo resumir a un tercero lo que había visto? ¿Por qué deberían ver el vídeo? ¿Qué me había llevado a recomendárselo? Me di cuenta de que no podía resumir el poema ni hacer ninguna observación sobre el tipo de vocabulario.
Ocurría sencillamente que la capa de atención en la que había permanecido la mayor parte del tiempo mientras veía el vídeo era la del asombro y el placer y no la del repaso de francés ni el examen de conocimientos literarios. (Eso abre también la línea de pensamiento de hasta qué punto se puede transmitir a otro tu asombro y tu placer y cuál es la vía mejor para hacerlo; pero esto es tema para otro día).
Aquí el vídeo de Instagram en cuestión:
La economía de la atención se ha vuelto crucial en un mundo saturado de información. Se propone «afilar» nuestra atención para mejorar la comunicación y el entendimiento. A través de un experimento personal, destaca cómo diferentes enfoques pueden influir en nuestras experiencias y percepciones.
¡Gracias por tu comentario, Mireia! Sí, la idea es que se puede aprender a desplazar a voluntad el foco de nuestra atención y que eso influirá positivamente en nuestra percepción y nuestros resultados porque a menudo tenemos una inercia mental que nos priva de otras perspectivas o nos encierra en un «bucle» de pensamientos o emociones.
Es fantástico hacer consciente desde qué parte de mí quiero escuchar algo. Como dices, son tantas las herramientas que tenemos en esa caja que nos define que seleccionar es de gran ayuda, sobre todo para no estar siempre ultra mega híper condicionada por mí misma hasta el estrés de darlo siempre todo en un auto impuesto nivel de exigencia máxima. A veces, todo es mucho más sencillo.
Gracias Helen por este maravilloso post!!
Exacto. Hay muchos lugares internos desde los que percibir algo y cada uno implica determinados sonidos y ecos…
La reflexión en torno a la atención me sugiere que la manera en que observo y proceso aquello que me rodea moldea profundamente mi percepción del mundo. Si mi atención es superficial, es probable que las impresiones que me lleve sean igualmente limitadas o incompletas, reduciendo la riqueza de la experiencia. En cambio, una atención profunda y presente me permite ver detalles y matices que enriquecen mis impresiones, generando una visión más completa y significativa. Reconozco que soy muy de los detalles, para mi son muy importantes los detalles, y es algo en lo que me fijo mucho y presto mucha atención, y al decir esto me doy cuenta de que este cuidado en los detalles hace que mejore mi atención. En esencia, mi percepción del mundo va a estar teñida por el nivel de atención que aplique a lo que percibo.
Poner en valor la atención, hace que cultive una relación más plena y auténtica con el mundo que experimento.
Sí, la manera en que observamos y procesamos tiene efectos a largo plazo pero también de manera inmediata. Por ejemplo, a largo plazo, si vamos por la vida con el lápiz rojo del crítico nos reafirmaremos en una visión muy analítica y nunca satisfecha con lo que veamos (dentro y fuera), una suerte de perfeccionismo non-stop; a corto, sin embargo, esa herramienta del lápiz rojo puede ser la adecuada porque necesitamos mejorar en algo o ayudar a alguien a mejorar. Lo importante es aprender a darte cuenta de qué herramienta o rol estás usando para percibir en cada momento.
Los detalles son muy importantes pero también es crucial saber elegirlos, porque «los carga el diablo» 😉 Tienen facilidad para arrastrarte y apartarte de la idea principal, salvo que seas muy bueno poniendo foco.
¡Gracias por comentar, Jorge!
Buenísimo el artículo. Qué interesante ser consciente de la mirada con la que vemos algo (con la que vemos el mundo) con una mirada crítica a veces o con una mirada curiosa, de niño, donde nos dejamos sorprender por la profundidad de aquello que estamos observando con todos sus matices y ser consciente cuando tu ego tiene la pulsión de volver a la crítica o al juicio (en ocasiones). Me encantó el artículo, Elena!
Me alegro de que te haya gustado, Estefi! Desarrollar esta habilidad nos puede ayudar mucho en diversos ámbitos de la vida. Como decía aquel, estamos «trabajando en ello» 😉