Reseña de «Skid / Autodance» de la Göteborgsoperans Danskompani

Un plano inclinado de color blanco. En la parte superior surgen de repente unos pies y luego el resto del cuerpo. Muy pronto, otro cuerpo, esta vez al revés: primero, la cabeza, luego el torso y después el resto. Aquellos tipos con ropa para la nieve surgen por arriba y van cayendo en distintas poses, vencidos por la vida, masas de gusano que se retuercen y caen, oponiendo cierta resistencia efímera a veces por medio de un golpe de pelvis que genera un puente de piernas y espalda que sin embargo no resiste mucho.

El teatro es la Sala Roja de El Canal y la compañía, la Göteborgsoperans Danskompani. Aquella pieza realmente impresionante se llama»Skid». En la segunda sección de esta parte, los seres heridos con ropa de esquiador se visten de ejército negro y proceden a ascender desde abajo. Lo hacen en dos tiempos, en dos filas, y a golpe de percusión y salto, como si fueran algún tipo de insecto negro saltarín. Mucho más rítmico y visual que antes, mucho menos sugerente y poético. La primera parte de la pieza era poesía; la segunda, prosa, con su trama y su argumento.

La trama consiste en que los ejércitos negros trepadores formen una V mayúscula y en otro momento una V invertida. En un instante intermedio todos se sientan en el borde superior de espaldas al público, dejando a la vista únicamente lumbares y posaderas y con la cabeza mirando al suelo. Aquí el público experimenta unos minutos de vértigo -quizá fueran segundos- pero pronto las cabezas se levantan y empiezan a oscilar como si se tratara de los anillos de un ciempiés y después se introducen variaciones laterales y se suman los brazos. El hombre como gusano.

Al final de la parte narrativa, al único que no va vestido de negro le tiran de los brazos varios bailarines que están debajo y estos se vuelven elásticos como en un truco de magia. Pero la magia de los brazos del líder es relativa y los de abajo terminaban cayéndose.

Por fin se queda aquel bailarín solo sobre el plano inclinado metido en el tejido surgido de sus brazos. Un foco blanco circular a modo de microscopio destaca una crisálida. Un bebé que mide un metro ochenta se retuerce con torpeza en su capullo hasta que por fin se da a luz a sí mismo. El hombretón atlético se pone a caminar con pasos balbuceantes y sin erguirse del todo sobre el plano inclinado, arriba y abajo, y al final desaparece. Un nuevo hombre ha nacido. Así termina «Skid», con coreografía de Damien Jalet, música de Christian Fennesz y Marihiko Hara.

(Si en el intermedio ves hombres con largas faldas entre el público es que has venido a un espectáculo de danza).

Tras el descanso, «Autodance». Una bailarina pequeña vestida en tonos neutros se apropia de la escena al ritmo de una música viva y luego llega otra y parece que no interactúan pero en seguida sí y a partir de entonces los cuerpos reducidos a su esencia se adueñan del espacio, lo abren y lo cierran con sus andares extraños y elegantes y sus cabezas un poco giradas y los números se suceden ágilmente con mujeres de hombros poderosos que por detrás parecen hombres y con hombres que de lejos parecen mujeres. Una coreografía hipnótica, bellísima y vitalista que llena todo el espacio y que celebra el cuerpo, el baile y la armonía.

En esta pieza el solo es de una bailarina pequeña que retuerce su torso largamente como un caballito de mar atormentado en el centro del escenario hasta que aparecen en la periferia dos bailarines altos con paso entre marcial y de pasarela y poco a poco se acercan y surge cierta interacción leve con ella.

Pronto se suma el resto de bailarines y se inicia un nuevo movimiento. El sufrimiento del caballito de mar se diluye finalmente entre la masa alegre y vital en esta pieza de Sharon Eyal y Gai Behar, con música de Ori Lichtik.

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Estas han sido mis impresiones sobre el espectáculo «Skid / Autodance» de la Göteborgsoperans Danskompani, que se ha representado en Madrid los días 25 y 26 de abril, en Teatros El Canal. Más información