Siempre da vértigo proyectarse hacia abajo, hacia dentro.

Hay un rumor siempre. En verano, es la vibración del aire acondicionado en su esfuerzo por facilitar la adaptación del cuerpo humano a un medio que le resulta periódicamente hostil por exceso de frío o de calor. En invierno, el humo de las calderas individuales inunda el patio y se funde en un solo haz según asciende. En cualquier momento y estación suena una campana extractora de la cocina mientras alguien procura el alimento para nutrir su cuerpo de mamífero omnívoro. Antes o después, alguien tritura alimentos o los trocea, con choque de metales y cristal. Carnes y vegetales se transforman bajo el fuego y mezclan sus aromas y sustancias con un borboteo húmedo que inunda el patio, para dar lo mejor de sí mismos a cuerpos de grandes mamíferos. A estos olores se suman otros, también orgánicos, cenizas, humo, desechos diversos. De tanto en tanto, por las tuberías bajan con estrépito los restos de una ducha, o el contenido de una cisterna y se deslizan velozmente, como en una repentina arcada del tubo digestivo, hasta la gran sima del alcantarillado.
Si uno se fija bien al asomarse, en la parte más baja, el sistema excretor del edificio está coronado por uno o varios receptáculos grandes de materia inorgánica llamados contenedores.
Siempre da vértigo proyectarse hacia abajo, hacia dentro. Es como sumergirte en tus tripas o en las tripas de otros que son tú.
© Elena Alemany 2026