Día 4: Vecinos

María y yo llevábamos años viviendo justo en frente, pero desconocíamos su existencia. De aquel bloque sabíamos únicamente que tenía una piscina en la azotea, que contaba con garaje y que en Navidad ponían unos abetos de lo más grandilocuentes, enormes y llenos de luces, propios de la gran comunidad de vecinos que eran y de aquella zona residencial (secretamente me daba envidia su opulencia, siendo nuestro abeto más sencillo y anticuado pero suficiente para el pequeño hall de nuestro edificio).

La pandemia cambió eso: primero se empezó a materializar frente a nosotros a la hora de los aplausos a los sanitarios aquel par de ancianos saludables y educados y después, con el transcurrir de los días, les veíamos a distintas horas sentarse en las sillas de jardín, listos para disfrutar del poco aire libre disponible durante el confinamiento. 

Su balcón era su castillo. Su mirador. Su fortaleza. Y los árboles que les rodeaban eran un recuerdo de los bosques y parques a los que de momento no se podía ir (aunque, ahora que lo pienso, sus árboles serían los que estaban más próximos a mi balcón, por  efecto de la perspectiva).

Siempre se ponían en la misma posición: la señora a la izquierda, el señor a la derecha. En espejo con la posición en la que solíamos estar María y yo.

A través de la distancia desde nuestro balcón al suyo, el ancho de una amplia avenida ahora silenciosa, imaginaba la voz suave de ambos e intuía un leve deterioro cognitivo en la señora a partir de pequeños gestos. Cierta imprecisión de movimientos, cierta falta de tono muscular. Había algo de astronauta en su forma de salvar el borde del balcón y de sentarse en la silla. Cierto ir a cámara lenta. El señor —pelo blanco liso bien peinado y ropa bien conjuntada— parecía llevar la voz cantante y protegerla. 

Sacaban algún refresco alguna vez, alguna copa. Algún plato con comida frugal (ya se sabe que la gente mayor come menos).

María y yo comentábamos que nos parecían ancianos “de libro”, muchos años de matrimonio bien avenido, envejeciendo juntos…

Hoy, años después de la pandemia, siguen saliendo al balcón, sobre todo al atardecer. Ahora que María se ha ido —no vi venir cuánto nos habíamos distanciado— me ha dado por preguntarme si he leído correctamente las señales en la pareja de en frente o si quizá las cosas no son como las había imaginado. 

© Elena Alemany 2026

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