El Sastre 2D dice que nunca ha visto nada igual. Toma su cinta métrica amarilla con las dos manos, me la acerca a la cintura pero luego se detiene. Se frota la frente con aire de confusión. Me mira de arriba abajo. Vuelve a frotarse la frente. Veo que de sus sienes caen dos gotas de sudor.

—¿Cuál de tus “neumáticos” se supone que es la cintura? ¿y cuál la cadera? Michel, me rompes los esquemas… —comenta con su leve acento británico y luego suelta una carcajada.
—Michelin, es Michelin —le explico con mi forma particular de hablar que alguien describió una vez como modo ventrículo. No muevo los labios pero tengo una voz retumbante, llena de aire. Como si hablara desde una cueva o desde el interior de un globo…
Tiene sentido del humor el Sastre 2D. No lo digo solo porque la perplejidad de mis medidas y de mi cuerpo en general termine arrancándole una carcajada, sino porque no debe ser fácil vivir dentro de un libro de texto, entre frases hechas sobre vasos que están sobre la mesa, madres que están en la cocina y niños que suelen ir al parque.
Es como una flor disecada entre las páginas de un inglés antiguo, de un inglés de cuando vivía la Reina de Inglaterra.
A los demás les suelen llamar la atención mis neumáticos, pero para mí lo más disruptivo o limitante son las manos cerradas y la sonrisita tonta. No estoy orgulloso de mi voz pero al menos puedo hablar. Lo de las manos reconozco que me obsesiona. Me priva de cosas importantes. Me gustaría poder coger una flor y dársela a Kaiko Maiko, tan delicada, tan proporcionada.
© Elena Alemany 2026