A Kurrito le gustaba trabajar con robots humanoides. Le parecía una “gente” educada y servicial en general. Y sobre todo, previsible, cosa que le evitaba estrés. A él le gustaba la estructura, los patrones. Y los humanos, sus congéneres, le descolocaban bastante con su tendencia a usar lenguaje figurado y a decir una cosa y hacer otra.

Kurrito había trabajado muchos años como documentalista audiovisual en una institución pública donde básicamente tenía que grabar apariciones de personajes políticos concretos en los programas informativos. Ese trabajo que a sus compañeros humanos neurotípicos solían aburrirles a él le gustaba. Al principio no fue así, pero pasado un tiempo empezaron a aflorar los patrones: aquel tic cuando el político de mayor rango mentía, aquella fluidez cuando estaba cómodo. También era una oportunidad de detectar tendencias en los lenguajes audiovisuales, en los grafismos y en los estilos de reporterismo. De hecho, era capaz de detectar hasta pequeños cambios en el estado de ánimo de los corresponsales. No solía tratar de interpretar las razones de esos estados de ánimo. Eso no le correspondía a él. Sabía que esas interpretaciones suelen ser extrapolaciones del estado del ánimo del observador y sabía que su propia psique era especial en ese sentido.
El Jefe Supremo del Laboratorio había sabido detectar el talento de Kurrito y lo había contratado para que organizase la biblioteca audiovisual del Laboratorio aunque secretamente lo que quería era contar con su asesoría porque lo consideraba un puente excelente entre humanos e inteligencias artificiales.
© Texto Elena Alemany 2026
Imagen realizada con IA