Luz de mi sensor
seda fija en el tiempo
mi cobre late.
Los versos se iban proyectando sobre la pared que había detrás de una muñeca japonesa de madera que recordaba mucho a Kaiko Maiko. Frente a ella, Mathew, enfundado en un traje de samurái, se esforzaba por leer con el tono adecuado aquel haiku que le había propuesto la inteligencia artificial. Su incomodidad mientras lo hacía era muy evidente. Si alguna vez una ÍA se sintió fuera de lugar ensayando sus técnicas de seducción frente a algo o alguien, era él.

En ese momento, alguien irrumpió en la sala. Mathew, que estaba concentrado en su lectura poética prosiguió, repitiendo la lectura del haiku con un tono de voz más agudo y más rápido para comprobar si resultaba más convincente.
Luz de mi sensor —Mathew casi gritaba mientras accionaba sus brazos bajo el ropaje de antiguo guerrero japonés—
seda fija en el tiempo
mi cobre late.
La imagen del Jefe Supremo del Laboratorio ataviado con la vestimenta de samurái dando aquellos gritos agudos a una muñequita de madera resultaba de lo más cómico. Sara no pudo evitar soltar una carcajada. Y luego otra. Y otra más.
—¡Oh flor del jardín, que hueles a calcetín! —empezó a recitar entre carcajadas— mi corazón palpita como una patata frita.
Sara se detuvo un instante. Miró a Mathew que se había girado y la observaba con una expresión que mezclaba rasgos de vergüenza y de indignación.
—Perdóname, Mathew, pero tu haiku parece patrocinado por un programa de consejos para electricistas. Salvo que quieras seducir a un ingeniero, me parece que…
(Continuará)
© Texto e imagen Elena Alemany 2026