Keiko no era capaz de entender el origen de aquel revuelo, de aquella falta de paz, de la insensatez que había hecho presa en su entorno. (Keiko solía hablar y pensar con tres elementos, en este caso partes del complemento directo. Su lenguaje era tradicional y cuidadoso, como tradicional y cuidadoso eran su flequillo y su kimono).
Se tenía por una muñeca sensata, centrada y resistente pero últimamente las cosas iban demasiado rápido para ella y había demasiada incertidumbre. Por mucho que tratara de buscar consuelo en el sintoísmo y en el no apego a las cosas, había llegado a un punto en el que no se sentía con fuerzas.
El mundo se estaba volviendo realmente hostil en aquella época, por más que quisiera adaptarse o fingir que todo estaba bien.
En ese preciso instante, al recrear en su mente la palabra fingir, una gran gota redonda y brillante cayó desde su sien —nunca se la había visto llorar pero al parecer sudar sí podía, el calentamiento global que estaba derritiendo vías de tren y carreteras en algunos lugares de Europa aquel verano infausto, al parecer le había otorgado esta capacidad, como si en realidad una gota de resina natural hubiera pasado de sólido a líquido— y fue rodando por la superficie de madera, levantando levemente la pintura aplicada a mano décadas atrás por un artesano perteneciente a una dinastía de artesanos.
El peso de la tradición, el peso de las maneras, el peso de las costumbres a veces pesaban demasiado, se dijo, con su característica costumbre de usar estructuras triples (la repetición del sustantivo peso y el verbo pesar solo es atribuible al escaso dominio del traductor japonés español que prefiere repetir un término a perder algún matiz si usa un sinónimo).

Por un instante, Keiko soñó con un jardín fresco y verde, con setos bien recortados, altos árboles y una fuente con esculturas clásicas. Era un gran jardín urbano, al parecer, y al mismo tiempo un lugar histórico. Bastaba con entrar para que la temperatura ambiente bajara varios grados y a medida que el paseante te adentraba, el volumen del sonido descendía.
© Texto e imagen Elena Alemany 2026