Día 19: Refugio climático

Keiko no era capaz de entender el origen de aquel revuelo, de aquella falta de paz, de la insensatez que había hecho presa en su entorno. (Keiko solía hablar y pensar con tres elementos, en este caso partes del complemento directo. Su lenguaje era tradicional y cuidadoso, como tradicional y cuidadoso eran su flequillo y su kimono).

Se tenía por una muñeca sensata, centrada y resistente pero últimamente las cosas iban demasiado rápido para ella y había demasiada incertidumbre. Por mucho que tratara de buscar consuelo en el sintoísmo y en el no apego a las cosas, había llegado a un punto en el que no se sentía con fuerzas. 

El mundo se estaba volviendo realmente hostil en aquella época, por más que quisiera adaptarse o fingir que todo estaba bien.

En ese preciso instante, al recrear en su mente la palabra fingir, una gran gota redonda y brillante cayó desde su sien —nunca se la había visto llorar pero al parecer sudar sí podía, el calentamiento global que estaba derritiendo vías de tren y carreteras en algunos lugares de Europa aquel verano infausto, al parecer le había otorgado esta capacidad, como si en realidad una gota de resina natural hubiera pasado de sólido a líquido— y fue rodando por la superficie de madera, levantando levemente la pintura aplicada a mano décadas atrás por un artesano perteneciente a una dinastía de artesanos.

El peso de la tradición, el peso de las maneras, el peso de las costumbres a veces pesaban demasiado, se dijo, con su característica costumbre de usar estructuras triples (la repetición del sustantivo peso y el verbo pesar solo es atribuible al escaso dominio del traductor japonés español que prefiere repetir un término a perder algún matiz si usa un sinónimo).

Por un instante, Keiko soñó con un jardín fresco y verde, con setos bien recortados, altos árboles y una fuente con esculturas clásicas. Era un gran jardín urbano, al parecer, y al mismo tiempo un lugar histórico. Bastaba con entrar para que la temperatura ambiente bajara varios grados y a medida que el paseante te adentraba, el volumen del sonido descendía. 

© Texto e imagen Elena Alemany 2026

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