Siempre he sido un tipo discreto, pero desde que me jubilé debo reconocer que paso mucho tiempo observando a la gente. En la calle, desde mi balcón, en el autobús… Observo. Encuentro que es una especie de meditación el tiempo durante el que en silencio y con el cuerpo en calma observas a otro tratando de entender por qué hace lo que hace. Qué es lo que le mueve. Es como si fueras entrando en su vibración paulatinamente.
Al otro lado de la calle, durante la pandemia, dediqué tiempo a observar a una pareja joven que estaba más o menos a nuestra altura. No creo que llegaran a los cuarenta. Nuestra terraza da a la suya, así que con discreción dedicaba parte del tiempo que pasábamos allí (en el momento preaplauso a los sanitarios, durante y después y en realidad casi a cualquier hora durante el confinamiento) a atisbar sus acciones y gestos.

Me fijaba sobre todo en el joven. Me intrigaba averiguar cuál podría ser su profesión.
Ponía una cena frugal para mí y para Pilar, mi mujer, para que la comida no me distrajera de la misión principal: observar.
A la distancia a la que estaba me resultaba difícil poder reparar en detalles a lo Sherlock Holmes. Ya se sabe: frases del tipo “tiene esta parte de la dentadura desgastada por morder monedas para ver si son falsas” o bien “va manchado de blanco porque trabaja con yeso”.
Tampoco ella resultaba fácil de clasificar. Estas generaciones a menudo tienen profesiones de nombres en inglés que desconozco pero que generalmente se desarrollan en oficinas en las que casi todo el mundo viste parecido.
Hace unas semanas vi un cambio. La chica dejó de estar y apareció otra. Y al poco tiempo, al comienzo del verano, empezó a visitarles un tipo curioso que sale al balcón a fumar (hace la mímica de fumar) pero en realidad no fuma.
Me da un poco de vergüenza confesar que recuperé los anteojos de teatro de nácar de mi suegra que conservábamos en un armario y que recurro a ellos cuando necesito observar algún detalle importante como en este caso.
© Texto e imágenes Elena Alemany 2026