No puedo más, se dijo mientras abría las puertas del balcón.
Cuando meses atrás Ricardo se enteró de que dos de sus mejores amigos estaban saliendo se alegró, porque pensó que así podría seguirles viendo. Lo que no tenía previstos eran los cambios que esto implicaría en su vida.
Menos mal que su nueva casa tiene balcón, pensó. Eso le brindaba la posibilidad de usar la excusa del pitillo para levantarse cuando se ponían demasiado intensos, cosa que últimamente ocurría muy a menudo. Se había quedado buena tarde, especialmente ahora que anochecía tarde. Pensó lo agradable que era cambiar de perspectiva brevemente, asomarse, dedicarse a uno mismo unos minutos y salir del espacio mental y emocional de aquellos dos, a los que quería mucho pero últimamente le cansaban con sus reproches cruzados y su querencia a detallar cualquier aspecto nimio de su vida doméstica a todas horas.

Ricardo en realidad ya no fumaba. Llevaba semanas sin hacerlo. Pero le pareció una salida elegante fingir que seguía fumando para ganarse un pequeño descanso de aquella intimidad a tres que no deseaba.
Se puso a observar el edificio de en frente. Le pareció ver una figura. A esta distancia no podía estar seguro y menos sin las gafas de lejos.
Repasó mentalmente el plan para la semana siguiente, un plan de soltero urbanita con el que estaba bastante a gusto. Tarareó una cancioncilla cuyo título no recordaba.
Miró el reloj. Le pareció que estaba bien. Cuadraba con el tiempo de fumarse un pitillo y le había dado un margen suficiente para airearse y esperaba que para que sus amigos hubieran podido cambiar de tema.
© Texto e imágenes Elena Alemany 2026