Algo le pasaba al Jefe Supremo del laboratorio. No era solo la neblina mental que ahora acompañaba a sus decisiones. Ni tampoco la desgana con la que ponía a cargar sus baterías. Ni lo mucho que le costaba guardar el reposo digital (equivalente al sueño diario de los humanos).

Lo principal eran los cambios de humor repentinos. Pasaba del éxtasis a la mayor desmotivación. De hablar mucho y con entusiasmo a pasar días usando únicamente monosílabos.
El trato con los subordinados era o indiferente o excesivamente cálido. No tenía término medio.
© Elena Alemany 2026