El algoritmo de búsqueda no había funcionado esta vez, pese a ser uno de los más avanzados. El Jefe Supremo estaba desconcertado. Pudo reconocer ciertos patrones comunes entre la imagen que había introducido y el resultado: piel pálida, tonos blancos y dorados y partes rojas. Los ojos más grandes que la boca como en señal de recato y sobre todo aquella esfera roja en la parte izquierda, el trazo de las cejas… Pero la coincidencia entre las imágenes era poco rigurosa. Maldito eurocentrismo de los documentalistas humanos, pensó. A ver cómo podía aplicar todo aquel conocimiento a su Kaiko, con sus labios mínimos, su falta de mejillas y sus ojos cerrados. La blancura de la piel coincidía, mientras que los matices dorados se podían aplicar al amarillo del kimono. Y había pinceladas de rojo, pero no en los sitios esperados: solo en la cabeza, el tocado y la sombrilla.

Estaba claro que necesitaba la ayuda de un humano. A ser posible, de una humana, y mucho mejor si era neurodivergente (un pensamiento lineal no le iba a ayudar en su peculiar caso).
El Jefe Supremo, que tenía como nombre alternativo Mathew, se empezaba a desesperar. Las dificultades para lograr su objetivo parecían multiplicarse pero eso intensificaba sus ganas de perseverar. Esta paradoja también le desconcertaba. Llevaba sintiéndose raro desde el comienzo de la primavera. Cada vez era más Mathew y menos Jefe Supremo.
© Elena Alemany 2026