Kaiko Maiko era pequeña. En términos absolutos y relativos.
En términos relativos a otras muñecas japonesas de madera lo era. En términos absolutos era pequeña también. Pero si pensabas en términos cósmicos era ENOOOORME.

¿Por qué? Porque en ella las piezas encajaban. Había armonía. Había orden. El conjunto “respiraba” y el total era algo más que la suma de las piezas. Porque precisamente, era eso, un Todo.
Kaiko parecía la viva estampa de la modestia y la pulcritud, ojos cerrados, postura contenida y hacia dentro pero espalda recta. Su sombrilla parecía un escudo. El escudo de un super héroe peculiar, un héroe introvertido, un héroe mental. Su maquillaje era sin duda hipoalergénico y toda ella: órganos, huesos, pies y ropa era biodegradable. como una gran planta hiperespecializada dispuesta a volver a convertirse en planta (en árbol en cualquier momento).
La cereza en un rincón de la cabeza era una concesión a la fascinación de su artesano por la floración de las cerezas. Tenía un cabello sedoso —y modesto— dividido en mechones bastante regulares pero al mismo tiempo orgánicos. La Y griega de su kimono era una doble vía energética entre la cabeza y el corazón.
© Elena Alemany 2026