Cromos de picar: mi magdalena de Proust particular

Un viaje te lleva a otro viaje. Un libro lleva a otro libro.

No sé si es general o, más bien, resultado de cómo funciona mi mente de procesamiento arborescente con sus ramas que se comunican con otras ramas, pero a menudo me ocurre que de un libro me salen varias líneas de pensamiento distintas.

La lectura y análisis de “El Pequeño libro de Japón”, por ejemplo, me lleva a territorios de antropología cultural (¿podemos conocer al otro realmente o siempre estamos filtrando a través de nuestros sesgos y expectativas?), literatura del postcolonialismo y teoría de la producción editorial (el peso de la imagen en un producto editorial, sea un curso multimedia o un libro ilustrado). En cada caso, mi análisis mezcla sensaciones, estímulos y conocimiento teórico y práctico relacionado con mis másteres y mi trayectoria profesional.

El citado libro abre otra línea más: el de la publicidad. Tratando de ubicar la fuente de las ilustraciones del libro (que en este post califiqué de acartonadas y demasiado cliché) supe de toda un corriente de publicidad y marketing vinculada a estas estampas sobre un Japón idílico. Descubrí que durante gran parte del siglo XIX muchos productos alimentarios incluían regalos para fidelizar a sus clientes. Esta tendencia al coleccionismo, esa pulsión de acumular y completar colecciones es algo que los editores y escritores (los generadores de contenido de antaño) conocen desde hace siglos y utilizan a su favor, como sucede con los típicos coleccionables de kioscos o los objetos que acompañan a los periódicos diarios.

Cromos de picar clásicos alemanes

Tirando del hilo resultó que la mayor parte de las ilustraciones del libro procedían de una empresa alemana productora de extracto de carne (Liebig) y de otra holandesa fabricante de chocolate (Van Houten). Ambas basaban su producción (su valor añadido) en un hallazgo técnico particular, una del químico alemán sobre cómo conservar y concentrar la capacidad nutritiva de la carne de vaca y la otra del ingeniero holandés Van Houten para separar el cacao y quitarle su amargor mediante un proceso de alcalinización.

Y después, investigando sobre el contexto histórico en el que surgen estas cromolitografías (dónde, cuándo, por qué), di con la expresión “cromos de picar” que no me resultaba familiar porque en Madrid que yo sepa no se usa pero que entiendo: se refiere a esos cromos satinados pequeños y a todo color con los que jugábamos de pequeños a darles la vuelta con la palma de la mano ahuecada, golpeando contra el suelo o contra una mesa. Para mí es un recuerdo semejante al de las tabas, algo que hacía de muy pequeña y que conserva su entrada en una casilla mental definida, pero con poco recorrido (mis tabas eran de plástico, por cierto; no de hueso natural).

Sí recuerdo estar sentada en el patio del colegio de monjas francesas y el tacto áspero de la “arena finita” sobre la palma de mano cuando golpeabas con fuerza aquel cromo de picar o cromo de palmar (no recuerdo que le diéramos ningún nombre en particular, solo que eran unos cromos pequeños que venían troquelados, unidos varios entre sí y los separabas y te ponías a jugar). La temática que yo recuerdo era sobre angelitos, santos y cuentos clásicos pero puede que esté reinventando o simplificando el recuerdo, como suele suceder con recuerdos tan antiguos. La idea era que si conseguías darle la vuelta a la primera te quedabas con el cromo. Llevábamos un uniforme azul oscuro que se ponía perdido al sentarnos en el suelo, pero al menos el baby -o como lo llamaba mi madre para gran enfado mío por la incorrección, el delantal- preservaba bastante. Como suele suceder, la parte sensorial (un tacto, un olor, un sabor) es lo que nos transporta a ese recuerdo como le pasaba a Proust con la magdalena mojada en té y a partir de recuerdos y “reinvenciones” reconstruimos esa memoria particular.

Resulta que hasta hay una estrategia para estas cosas de los cromos de picar o cromos de palma.

En este post de Instagram te muestran un montón de ellos: https://www.instagram.com/reels/DZNBM8itz5G/.

Metacognición

La razón por la que he publicado este post es que el pensamiento divergente o asociativo es un superpoder pero también una fuente de dispersión. Con la capacidad de evocar recuerdos pasa algo parecido: puede ser un superpoder pero a menudo (por no decir siempre) lo evocado tiene mucho de construcción a posteriori. ¿Se te ocurre dónde y cómo puedes aplicar esto? Me encantará leerlo en comentarios.