Niños en capeas: De qué hablamos cuando hablamos de riesgos

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Hace unos días, la publicación en redes sociales de una foto de Fran Rivera toreando una becerra con su hija de cinco meses en brazos produjo un gran revuelo. Lo que en el mundo taurino es una práctica bastante común y aceptada (a Fran Rivera también se lo llevaba su padre como acompañante) despertó la indignación de mucha gente por el peligro que comportaba para el bebé. De hecho, la Fiscalía de Menores de Sevilla intervino a instancias del Defensor del Menor, considerando que se había sometido a la niña a un riesgo innecesario.

Lo que me interesa del caso no es la polémica en sí, sino la contestación que Fran Rivera dio los periodistas tras declarar ante el Defensor del Menor y la Fiscalía. Según cita El Periódico, “Rivera ha insistido en que la vida de su hija Carmen, de cinco meses, ‘no corrió peligro jamás’. ‘Quien piense así es un trastornado y un chalado’ (…) su larga experiencia como matador de toros le capacita para saber si había riesgo alguno en una capea controlada con una becerra de pequeña envergadura. ‘Corre más riesgo mi hija cuando va en la mochilita y voy andando por la calle, que me puedo caer de boca, que toreando‘, ha insistido”.

 

Imagen de tres toros en el campo

Toros en el campo (foto de 13delf2 a través de Pixabay)

La rotundidad de la frase del torero y la rotundidad de la reacción de los antitaurinos muestra algo que los estudiosos de la estadística (véase Kahneman y Huff) no se cansan de señalar: el carácter no intuitivo de la Ciencia Estadística, lo fácil que resulta malinterpretar las probabilidades de ciertos sucesos en la vida cotidiana. El ser humano medio suele introducir todo tipo de filtros y sesgos a la hora de evaluar las probabilidades, porque en nuestro razonamiento mezclamos observaciones reales con emociones y le damos carta de naturaleza a ocurrencias poco frecuentes, falsas o que no se pueden demostrar.

Fran Rivera y la campana de Gauss

Las declaraciones de Rivera sobre que su hija ‘no corrió peligro jamás’ son erróneas desde una perspectiva de lógica estadística. Torear en una capea con un bebé en brazos, independientemente de la pericia del torero o de su amor por su vástago, es una actividad sometida a la influencia de factores aleatorios como la falta de atención repentina, un posible viento que le ciegue momentáneamente, un error al colocar el pie o el efecto del estado de ánimo… factores recogidos en la curva del error o campana de Gauss. En otras palabras, cuando un torero se enfrenta a un toro o una becerra, su pericia nunca es garantía total frente a los accidentes, ya que el toro también entra en el juego y también influye el azar. Dicho de otro modo, no existe la fiabilidad total de ningún profesional, sea el que sea. De hecho, cualquier actividad implica un cierto grado de riesgo, por más precauciones que queramos tomar.

Por otra parte, está claro que Rivera estaba hablando de una manera emocional y en un momento con una gran carga afectiva (tras la polémica y tras declarar en un juicio), por lo que evidentemente no se podía esperar de él una conclusión con validez científica. Esa misma carga emocional fue la que le llevó a descalificar como “trastornados” y “chalados” a quienes sostenían que su bebé había corrido un gran riesgo durante la capea.

Objetivo: Factchecking

Mi intención inicial al preparar este artículo era realizar un “factchecking” en términos estadísticos de las declaraciones del torero, es decir, calcular el riesgo de un bebé en brazos de su padre en una capea y compararlo con el que corría ese mismo bebé suspendido en la mochila colgada de su padre mientras pasean por la calle para averiguar cuánto había de cierto o de falso en las afirmaciones del torero. Ver cuánta “verdad estadística” había en aquellas palabras, más allá de la carga emocional del momento.

Mi investigación sobre cómo se debería hacer este “factchecking” fue larga y no resultó concluyente. Consulté a varios expertos en Estadística, Sociología y métodos de investigación cuantitativa (ver final del artículo) que me dieron pistas sobre enfoques parciales para este caso y que al mismo tiempo me señalaron lo difícil que era localizar datos fiables sobre situaciones como ésta.

 

Padre con su hija en una playa

Padre con su hija en una playa (foto de sarahbernier3140 via Pixabay)

Lo que pude concluir de mi investigación fue que el enfoque a aplicar aquí era el caso de probabilidad estadística, que debería contemplar el riesgo corrido desde el pasado hasta ahora de padres toreros en capeas con niños en brazos. El cálculo se debería realizar dividiendo los accidentes de Rivera (o de otros) entre el total de veces en que haya tenido lugar esta “situación”, pero este cálculo tropezaba con la dificultad de encontrar datos estadísticos de las capeas realizadas en España en un periodo determinado (y más concretamente de las capeas realizadas con niños) y también con la imposibilidad de disponer de estadísticas fiables de capeas con niños en las que haya habido accidentes.

Un experto en análisis estadístico al que consulté me propuso para mi “factchecking” una comprobación parcial en términos de lógica estadística.

Para este “amigo de los números”:

La declaración del torero es una falacia argumental que no se sostiene bajo ningún concepto, a menos que:

(1) Fran Rivera sea muy torpe andando por la calle.

(2) La mochila en la que lleve a la niña esté llena de fuegos artificiales.

(3) Fran Rivera hable de andar por una calle de Afganistán.

En mi opinión, el torero sólo estará en lo cierto en el caso de que alguna de estas tres premisas sea cierta.

 

Es decir, este analista dividía las posibles fuentes de riesgos de la situación “padre torero paseando por la calle con bebé en mochila” en tres bloques principales, su destreza física, su mochila y la seguridad media de la vía pública transitada y contemplaba en qué casos estos factores de riesgo podían arrojar valores anormalmente altos para justificar un riesgo anormalmente alto para una actividad cotidiana que en el contexto occidental se suele considerar como (razonablemente) segura. Su conclusión en términos lógicos era que la afirmación de Rivera era falsa, pero no lo podía demostrar numéricamente.

Un riesgo incalculable

Tras consultar a varios expertos y diversa documentación, constaté que las herramientas estadísticas a mi alcance no me permitían comprobar mediante cálculos si Fran Rivera estaba en lo cierto o no. Mi análisis me había dejado como conclusión la etiqueta de “Riesgo incalculable por la imposibilidad de contar con un conjunto de datos suficiente” por la dificultad de contar con los datos estadísticos sobre capeas y e incidentes en estas.

Pero en realidad, el callejón sin salida al que parecía haber llegado mi “factchecking” no era tal. El error estaba en  tratar de analizar las declaraciones del torero y la indignación de sus detractores desde una perspectiva meramente estadística, olvidando la vertiente psicológica y emocional de los sujetos.

Riesgos necesarios y evidencias lógicas

En realidad, cuando los defensores del “toreo con bebé” y los contrarios a esta práctica discutían, no tenían en mente el riesgo real sino el riesgo planteado en términos psicológicos. Así, como me indicó el catedrático José Luis Dader, cuando nos planteamos la pregunta “¿qué es más peligroso, que el torero con su niño en brazos toree una vaquilla, una madre deje a su bebé durmiendo solo en casa mientras se ausenta una hora para hacer un recado, o que Michael Jackson se asome por un balcón sujetando a su niño sobre el vacío?”, en realidad lo que estamos evaluando es la pertinencia o no de someter a un niño a diversas situaciones que implican un riesgo y no tanto el grado de riesgo en sí.

En este sentido, argumentaba Dader en su contestación a mi consulta, “hay riesgos que pueden tener evidencia lógica o evidencia científica sin que tengan por qué someterse a medición estadística; es más, que por su alto grado de rigor lógico o evidencia científica quizá nadie se atrevería a someter a prueba empírica. Por ejemplo, ¿qué riesgo estadístico supondría para la salud de un bebé enviarle al próximo vuelo espacial a la luna?, ¿o qué riesgo tendría administrarle todos los días una cucharadita de whisky de malta gran reserva a lo largo de los próximos dos años de su vida? En el primer caso la ciencia tiene suficientemente confirmado el peligro como para ni intentarlo (mientras los avances científicos no hagan que ese viaje sea seguro). En el segundo, puede que el riesgo para su salud sea mínimo pero por razones éticas nadie realizaría el experimento”.

Factores psicológicos

Efectivamente, las dos posturas enfrentadas en la polémica “torear o no con bebé” se explican más desde factores psicológicos que desde factores estadísticos. Una persona acostumbrada a enfrentarse a diario a un animal de doscientos kilos y con grandes cuernos tiende lógicamente a minimizar su percepción del riesgo de la actividad taurina, como un mero mecanismo de adaptación a su día a día. El afán de reducir su disonancia cognitiva hace que “racionalice” el riesgo que corre, minimiza su importancia.

 

Bebé jugando con su osito

Bebé jugando con su osito (Foto de cherylholt vía Pixabay)

Por otra parte, los padres y las madres que cada vez que cogen el coche con la familia tienen que acomodar a su niño en la cara y aparatosa silla preceptiva en el asiento de atrás, so pena de llevarse una buena multa (y de incrementar el riesgo de daño en caso de accidente, según han demostrado los estudios) o que cubren los enchufes de la casa con protectores o que ponen barreras en las ventanas y balcones para evitar caídas, se han acostumbrado a focalizar su atención en los riesgos reales que comporta la vida normal de un niño occidental y tienen asumido que su papel como padres responsables es esforzarse por reducir los riesgos cotidianos de sus hijos.

El proceso mental-emocional de la persona urbana media que se indignó con las fotos de Rivera toreando con su bebé en brazos fue: torear con un bebé en brazos es un disparate y algo innecesario, mientras que caminar por la calle es una actividad necesaria para una vida normal y supone un riesgo bastante bajo.

Conclusión

La conclusión más importante que extraje de mi proceso de comprobación fue que cuando uno quiere verificar la afirmación de un sujeto, lo primero es establecer con claridad “de qué hablamos cuando hablamos de…”, es decir, a qué se refiere realmente el sujeto X al hablar de A, y qué entendió Y por A para contestarle B, porque en todo proceso de comunicación humana con una fuerte carga emocional y altas dosis de polisemia y ambigüedad, a menudo cuando creemos estar hablando de A resulta que estamos hablando de Z.

Mi agradecimiento a Miguel Ángel de la Torre, Kiko Llaneras, José Luis Dader y a G. C.  por su orientación y sus referencias, que me resultaron imprescindibles para preparar el artículo.

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