¿Cuánto “pesa” la portada de un libro en una venta?

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Hay un dicho inglés que aconseja literalmente no juzgar un libro por su portada (Don’t judge a book by its cover), pero a menudo eso es precisamente lo que hacemos, observar la portada y preguntarnos si nos va a gustar o no el libro y experimentar una respuesta emocional positiva o negativa. Así que la pregunta es ¿cuánto importa el diseño de la cubierta de un libro?, ¿hasta qué punto influye en nuestra decisión de comprarlo o no?

En este post me voy a centrar sobre todo en mi propia experiencia con un libro en concreto. En cualquier caso, supongo que cuanto más visual sea la persona que observa la portada y cuanto más impulsiva sea, mayor impacto tendrá la portada en su decisión, por no mencionar el tipo de libro que sea, ya que por ejemplo si se trata de un libro de texto para un estudio reglado el peso del diseño será menor, por el carácter obligatorio del libro.

El otro día compré el libro “El arte de medir” de Gemma Muñoz y Tristán Elósegui. Lo había visto varias veces en los anaqueles de las librerías, cerca de otros libros de temática parecida que terminaba comprando, pero curiosamente este libro siempre lo dejaba a un lado.

 

Portada del libro El arte de medir

Creatividad e imagen cubierta Pilar de Terán y Raúl Guitián / Diseño de cubierta XicArt

 

 

¿Qué te parece esta portada? ¿Te parece atractiva? ¿Basándote sólo en el diseño, de qué crees que va el libro?

A mí no me parece atractiva. De hecho, desde la primera vez que vi el libro, me pareció que la elección y disposición de sus elementos se deslizaba peligrosamente hacia el terreno de lo kitsch. La referencia a lo japonés era evidente, pero me parecía que aquello representaba la cultura y la estética niponas con el mismo rigor y sutileza que el toro de plástico encima de un televisor sobre un mantelito de ganchillo sintético representa lo español.

La tipografía empleada en el título, de inspiración japonesa, y creada para la ocasión a mí me resulta naif y desafortunada, porque no se parece a los ideogramas chinos, que constituyen la base de la escritura japonesa y tampoco reproduce la gestualidad de la caligrafía japonesa, ni juega con la transparencia e irregularidad de la tinta y del pincel empleado en esta técnica de escritura, sino que utiliza una tinta densa de trazo regular y letras de perfiles predominantemente rectos, impropios del universo que se trata de recrear.

Muestra de escritura japonesa

Muestra de escritura japonesa con su trazo fluido y su acumulación de tinta característicos

 

Además de la (para mí) desafortunada elección de la tipografía y el color del título, la cubierta del libro mezcla una serie de tópicos “japonoides”, la katana y el paisaje, cuya relación con el tema del texto no queda clara hasta que vemos que la katana en realidad es una cinta métrica, cosa que aporta claridad a costa de zambullirse en el terreno del pastiche.

 

"La gran ola de Kanagawa", grabado de Hokusai

“La gran ola de Kanagawa” de Hokusai, con su característico juego de curvas, diagonales y repeticiones y su cuidadosa composición

 

En resumen, en términos de diseño, aquella portada me recordaba más a la carátula de un videojuego de artes marciales del “top manta” que a un libro interesante de analítica web escrito por expertos.

Meses después, buscando bibliografía sobre analítica web, descubrí que los libros en castellano más citados sobre esta materia son los de Gemma Muñoz y Tristán Elósegui y concretamente este. Hasta entonces, como comentaba, el aspecto naif y amateur de la portada me habían llevado a pensar que el contenido del libro también lo sería.

El libro no era como la portada

Me equivocaba. Por lo que he podido ver en mi primera “cata” una vez comprado el libro, el contenido está muy bien, el índice es completo y progresivo y el texto desprende un entusiasmo contagioso. Sin embargo, en lo que se refiere a la maquetación y edición el libro es bastante mejorable. Los epígrafes van destacados sobre un fondo gris (elección poco estética y que dificulta la legibilidad porque la letra es negra), en los destacados se usa demasiado la letra cursiva, en un cuerpo pequeño y sobre un fondo gris (factores que de nuevo disminuyen la legibilidad) y hay párrafos enteros en negrita (cosa que arruina el énfasis que se pretende dar a una parte y “carga” demasiado la página). Faltan bastantes tildes y se nota que el texto no ha tenido una edición profunda.

En resumen, un contenido muy prometedor, con una edición y una maquetación francamente mejorables, como desgraciadamente le sucede a muchos libros de los últimos tiempos.

Conclusiones

Aunque es evidente que mi percepción de los errores estéticos de la cubierta es muy subjetiva y que mucha gente no la compartirá, creo que se pueden extraer dos conclusiones de lo expuesto hasta aquí.

La primera es la importancia de la cubierta a la hora de generar una emoción positiva o negativa respecto a un libro. Los diseñadores y editores tendrán que analizar quién es su público objetivo y esforzarse por determinar si los diseños elegidos resultarán  atractivos o no para estos compradores potenciales.

La segunda conclusión es que el tono “espontáneo” y desenfadado de la estética bloguer no tiene por qué funcionar en la portada ni en los interiores de un libro. En concreto, las tipografías, destacados y espaciados que funcionan razonablemente bien en los textos de un blog no tienen por qué encajar en un libro, y además el aspecto “cuaderno de notas” de un diseño tipo página de Word (los epígrafes sobre fondo gris, los recuadros de texto tan primitivos) no es necesariamente una buena elección para un libro “profesional” de 186 páginas que cuesta 18 euros y que podría (y en mi opinión debería) beneficiarse de las múltiples opciones que ofrecen programas de maquetación como InDesign.

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