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Dic 11

Ponga un troll en su vida

By admin | 2.0 , comunicación , digital , humor , recomendado , redes sociales

Ponga un troll en su vida. Aprenderá muchas cosas sobre sí mismo; sobre sus propias fobias, sobre cómo encaja la crítica, y descubrirá hasta qué punto está convencido de lo que publica en su blog y hasta dónde quiere llegar con tal de tener razón (o con tal de que parezca que la tiene).

En definitiva, descubrirá su verdadera postura respecto a si el fin justifica los medios, la libertad de expresión y otra serie de aspectos sobre los que hacía mucho que no pensaba.

Nube de palabras sobre los troll

Si el lector pertenece al clan de los blogueros profesores con tarima ambulante se descubrirá a sí mismo tratando de convencer al troll de su error. En función del tipo de profesor  que sea, sus argumentos serán más bien de autoridad (“yo que tengo tal formación sé”, “el célebre X decía…”), o de lógica (si A entonces B). Algunos no pueden evitar ponerse condescendientes, otros tiran de sarcasmo. Unos exageran para convencer, otros se limitan básicamente a suspender y humillar al “alumno díscolo” delante de toda la “clase”.

Algunos rebaten punto por punto el comentario del troll mientras otros se carcajean globalmente del contenido o simplemente censuran el estilo o se agarran al primer defecto de forma que encuentran. También en esto se retrata el bloguero, la mentalidad de la atención al detalle es distinta a la del que tiende a percibir y comunicar globalmente, como explican los libros de Programación Neurolingüística.

Por supuesto, la condescencia y el sarcasmo dicen poco de nuestro respeto por el otro como interlocutor y también dejan en mal lugar nuestra capacidad de comunicación y para el análisis racional. En esto, como en la mayor parte de las cosas de la vida, la actitud es un factor determinante del resultado, y la receptividad y la capacidad de dejar en suspenso lo que dábamos por indudable son cualidades muy poco frecuentes.

 

Nube de palabras del campo semántico del troll

 

Esta actitud receptiva es rara, pero haberla, hayla. Existe cierta “raza” de blogueros que empiezan a desarrollar su argumentación por escrito siguiendo una determinada línea de pensamiento y cuando llevan un par de párrafos se dan cuenta de que la postura del troll no es tan absurda como parecía y descubren que hay una pequeña y remota posibilidad de que el autor de ese comentario incendiario no sea un troll sino simplemente alguien demasiado visceral que se inflama enseguida, que no escribe demasiado bien, pero que básicamente está en lo cierto, por más que nos moleste reconocerlo…

Para que esto suceda no sólo hace falta que el bloguero sea capaz de aparcar sus dogmas por un momento sino también que haya desarrollado una peculiar relación con la escritura, que la haya convertido en una verdadera extensión de su proceso mental, de su propia capacidad de relacionarse con el conocimiento y de preguntarse cosas (y eventualmente incluso de contestarlas). Y también hace falta que posea la capacidad de serle infiel de vez en cuando a su orgullo, porque el orgullo con frecuencia se vuelve un compañero demasiado absorbente.

 

Respira hondo y no alimentes al troll

En Internet se suele aconsejar no responder a las provocaciones de los troll

El caso del bloguero receptivo a un comentario en tono encendido pero con cierta base se da muy raras veces, porque al detectar un comentario con tono de troll en nuestro panel de moderación solemos ponernos automáticamente en modo visceral: se nos activa la amígdala y a partir de ahí resulta díficil atender a la poca o mucha razón que contenga el comentario del supuesto troll. Nuestro sistema de seguridad ha dictaminado que hay peligro y nuestros ojos escanean el texto, no tratando de entender, sino en busca de puntos débiles a los que aplicar nuestros dientes afilados para inmovilizar a la “amenaza” lo antes posible. Todo escritor o artista que se haya expuesto a las críticas del público o de la prensa conoce al detalle esta reacción a la defensiva que se desencadena cada vez que alguien osa encontrarle defectos a su obra…

Existe un tipo de reacción más, el “no alimentar al troll“, dar la callada por respuesta a la espera de que el troll se canse y se vaya. Suele ser una reacción de blogueros o foreros experimentados que han desarrollado la capacidad de detectar que el ánimo del troll es simplemente generar malestar y polémica estéril para hacerse notar o recibir una atención que no consiguen en otros ámbitos.

En Twitter, por ejemplo, es muy fácil detectar a los troll, porque suelen contar con bios mal redactadas y tener tuits repletos de salidas de tono. En los casos en los que resulta evidente que el ánimo del texto troll es únicamente molestar y destruir, el bloguero experimentado recuerda lo sucedido otras veces, respira hondo, relaja la amígdala, y actúa según le indica su Cortex Prefrontal, ignorando al incordio que intenta hacerse pasar por contrincante.

 

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Dic 08

Educar la mirada en el mundo 2.0

By admin | 2.0 , comunicación , digital , diseño , formación , foto , psicología , recomendado , sociedad

-“Las Meninas” ya me las sé.
La frase la ha pronunciado un chico de unos veinte años en medio de la clase de Historia del Arte de una facultad de Bellas Artes. La declaración impacta en el pecho del profesor de casi cuarenta años como si fuera una bomba. Respira hondo y trata de encontrar ánimo para la ingente tarea que tiene por delante. No es sólo que falle la comprensión de los matices que diferencian saber, conocer y haber visto, reflexiona. Es un problema de actitud y de mirada. La mirada de quienes miran sin ver.

Lo siguiente es un ejercicio de pintura. El profesor ha proyectado una fotografía en la que aparece Eugène Atget a 1,50m x 1,50m aproximadamente para que los alumnos la dibujen. La imagen es la siguiente.

 

Retrato de Eugène Atget

Retrato en el que aparece el fotógrafo francés Eugène Atget

 

Algunos alumnos terminan su retrato muy pronto, cosa que sorprende al profesor.

-¿Habéis dibujado las gafas?, pregunta.

-¿Qué gafas?, le contestan.

Al escuchar la frase el profesor siente como si le hubiesen dado un mazazo en la cabeza con un signo de interrogación gigante. ¿Tan jóvenes y ya con problemas de vista?, se dice, incrédulo.

Como se puede ver en la parte inferior de la foto, a la izquierda, bajo la mano derecha del retratado se entreven unas gafas. Cierto que no se ven bien, pero el brillo es evidente y la postura de la mano no tendría sentido si no estuviera sosteniendo algo pequeño y ligero como unas gafas. Por no mencionar que a la hora de pintar cualquier cosa uno espera del retratista la máxima atención a los detalles…
El profesor está sorprendido e irritado. No cesa de preguntarse cómo es posible que un aspirante a pintor puede ignorar que un fotógrafo anciano evidentemente necesita gafas. Es una cuestión de cultura o de conocimiento del medio que uno no puede pasar por alto -se dice-, información de contexto imprescindible para todo artista que esté en el mundo.

Por otra parte, el profesor es consciente de que la parte inferior izquierda es una zona casi “ciega”, poco “caliente”, un área olvidada con frecuencia en el primer vistazo “casual” de todo espectador. El no percibir las gafas sería algo comprensible y normal para alguien que estuviera viendo fotos rápidamente en una pantalla de ordenador, por ejemplo, en un blog con varias imágenes de fotógrafos parisinos del siglo XX. Pero no sería comprensible ni normal en alguien especializado en artes plásticas a quien se le ha pedido que pinte lo que ve.
Que alguien que aspira a ser un buen observador y a ganarse la vida expresando mediante recursos plásticos y visuales no tenga la capacidad de detectar unas gafas en un retrato de un metro y medio de largo por un metro de alto le parece un problema grave.

Mientras apaga el proyector  y enciende la luz se dice que es asombrosa la cantidad de jóvenes pintores que necesitan aprender a mirar a sus veinte años.

[Este post relata una situación real ocurrida en 2012]
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